sábado, 10 de marzo de 2012

Primer relato: 'Un día diferente'

No podía volver a casa. Lo sabía. Había tomado la determinación hacía tiempo, pero esta vez era seguro. Nada se lo impediría en esta ocasión. Ningún contratiempo, ni un remordimiento de última hora, ahora iba en serio. Había salido de la Universidad como un autómata, se dirigía al automóvil estacionado en el parking de profesores. Fue en ese momento, justo antes de sacarse las llaves del bolsillo e introducirlas en la cerradura. Un acto mimético en el que no hacía falta esperar nada. La mano se metía en el bolsillo, sacaba el manojo de metales que tintineaban cuando caminaba por los amplios pasillos de la facultad. A veces se equivocaba, la del portal no podía abrir la de su domicilio, no, de ninguna manera; la del departamento no podía servir para descender hasta la plaza de garaje de su edificio. Así eran las cosas. Justo en el momento en que el cierre automático de su flamante nuevo coche hacía un chasquido reconocible, se dio cuenta de que era un día distinto. Nada hacía presagiarlo. 


El día había nacido como tantos otros; ni de invierno –la temperatura era suave, agradable, ajena a la época del año en que nos encontrábamos, enero- ni de primavera –los esqueletos de los sauces mostraban su desnudez sin pudor, a la espera de la vida lejana que se repetía una y otra primavera, siempre la misma; a igual hora, las ocho de la mañana, cuando la luz empezaba a hacer acto de presencia cada vez más temprano; en el momento del regreso, las cuatro y media, después del atasco de la carretera, más soportable con la cadena de radio que emitía los últimos conciertos de música clásica-. El tiempo indefinido en que se tomaban las decisiones, pensó. Se metió en el vehículo y se sintió cansado. Podía haberse echado una cabezadita; sí, era una buena idea, nadie se daría cuenta de un minúsculo retraso, pero todo cambiaría si le echaban de menos dos horas, tres, toda una noche. Estaría más fresco, podría reaccionar. Sonó el móvil, maldita la hora. Miró en la pantalla iluminada, donde aparecía un escueto “casa”. Tanteó con el dedo, acarició el botón verde con la idea de contestar. Dejó, finalmente, que sonara una vez, dos… Y así hasta que lo sacó del amodorramiento el pitido que indicaba un mensaje nuevo. Él no era muy aficionado a los móviles, pero su mujer se empeñó en regalarle uno en las últimas Navidades. Veía cómo sus hijos estaban tan familiarizados con ese aparato que eran incapaces de prestar atención a otra cosa. Estamos en el siglo XXI, es inútil ir contracorriente; mira a los niños. Él asentía porque sabía que tenía razón, pero no quería dar su brazo a torcer. Era el único rescoldo que parecía acercarle a unos principios hoy ya extintos. Le dolía su presente, la monotonía, ejercer cada día de autómata. Él no había nacido para ser robot, a pesar de que, por su especialidad, bien sabía de eso. Intentaba ahuyentar los malos pensamientos como se da una palmada a una mosca, sin demasiado convicción. Quería matarlos, acabar con ellos uno a uno, que no vieran la luz cuando menos se lo esperaba. Él y sus ideas, irse ahora de casa, dejar a su mujer y a los niños… ¿En qué cabeza se había metido semejante dislate? Por lo visto, en la suya. La voz de su conciencia tronaba como el rugido de una locomotora: no seas tonto, de qué te quejas, dónde te vas a meter tú, con tus años. El móvil volvió a sonar, el mismo remitente, igual insistencia y de nuevo el pitido del mensaje. Ahora parecía resignado. Metió el teléfono en la guantera, arrancó el coche y echó un vistazo al reloj: sólo había estado allí quince minutos desde que había salido del edificio principal. Cogió un CD y lo introdujo en la ranura del equipo de música. Una melodía, tan querida, le hizo esbozar una sonrisa. El título de la canción recorrió la pestaña del reproductor: Fantasía para tema de Thomas Tallis, de Ralph Vaughan Williams. La música lo relajó hasta el punto de no saber adónde se dirigía. Se acordaba de haber parado en un semáforo apenas unos segundos; del coche de la derecha salía un sonido estridente, que lo turbó hasta el punto de subir el volumen de su reproductor. Bajaba por una calle de doble sentido, el mismo camino de todos los días. Ahora, debería coger la carretera de circunvalación y, después de unos pocos minutos, esperar la salida que le llevaría hacia su domicilio. Su mujer lo estaba esperando, sus niños lo estaban esperando. Tenía que corregir una montaña de exámenes y él pensando en esas tonterías. Se sentía ridículo. Volvió a poner la misma canción, tenía un efecto analgésico. Cómo podía alargar el recorrido, necesitaba tiempo… ¡Qué digo! Eres un valiente, claro, puedes hacer lo que quieras. ¿Qué vida querías? La música, era difícil explicarlo, sus labios se llenaban de niebla. Como si se adentrara en un bosque umbrío y transparente al mismo tiempo; como si no hiciera ya otra cosa que imitar los mismos pasos ya reconocibles. Buscó el corte de la canción y la puso por tercera vez. 6.30 minutos en total. Una delicia. ¿Cuándo había escuchado esa música por primera vez? Ya ni lo recordaba, y tampoco sabía por qué la insistencia en escucharla continuamente. No conocía nada más de su autor. Una isla en medio del océano. Nadie, en su sano juicio, se pregunta quién vive en el trozo de tierra de al lado. Se pasó la salida de la carretera de circunvalación y siguió recorriendo la ciudad. Sin rumbo. Calculaba que, dentro de poco, su mujer empezaría a estar realmente preocupada. No acostumbraba a llegar tarde y, cuando lo hacía, avisaba siempre por teléfono. Intentó hacerse la pregunta de siempre: ¿la quería? Subió el volumen del reproductor de CD justo cuando acababa la sinfonía. No tenía ni idea de música, pero le hubiera gustado aprender, eso seguro. Se cuestionaba qué es la felicidad, quién es realmente feliz entre las personas que conoce. Desde su posición de conductor intentaba hurtar la mirada de algún paseante, fijarse en cada gesto, como si el cuerpo y los ojos fueran un libro que revela cualquier secreto amable o doliente. Los rostros se sucedían cada vez más deprisa, aceleró el vehículo y se saltó un semáforo en rojo situado a la entrada de un cruce. Fue solo un momento: una sombra roja se precipitó desde su izquierda. Desde luego, era un día diferente. Merecía la pena vivir, después de todo. El reproductor de CD había dejado de sonar. Era un día indeterminado, ni de primavera, ni de invierno.


Ismael Alonso Álvarez






2 comentarios:

  1. ¿Fué éste tu primer relato, Ismael? Me ha dejado boquiabierta. Es bellísimo...

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  2. No, no es el primero que he escrito (a saber dónde andarán los 'pobres' relatos), pero sí que tiene unos cuantos años... Me alegro de que te haya gustado, Ana. Es un lujo tenerte como lectora. Un saludo. Ismael.

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