domingo, 11 de marzo de 2012

Segundo relato: 'La pistola'

Yo, señor, necesito dinero. Compréndame, en otra situación no me vería en la necesidad de pedir, pero a mí solo me educaron para ser un ladrón. El otro día estaba a punto de dar el golpe de mi vida, hubiera salido en las noticias –mi madre me decía, cuando era pequeño, que si no sales en las noticias no eres alguien importante-, y aquí me ve, robaron al que quería robar, y a eso no hay derecho. Compréndame, señor, era una pistola hermosa, de esas que salen en las películas, porque de nada sirve pensar que puedes atracar un banco y enseguida se te pone a discutir el de la ventanilla con el director de la sucursal: “Ése es un pobre hombre, nos quiere dar la lata y nada más”. Me toman a chanza, no soy un ladrón serio, y aquí me ve, vendiendo ejemplares de un periódico de mendigos; mi madre me dijo que si no salía en la tele no iba a ser más que un mendigo. Es dura esta vida de querer ser alguien importante, de despertarse por la mañana y pensar: “Jo, qué daría yo por salir después del hombre del tiempo”. Y la única manera de que esto sea así es robar. Pongamos un caso: eres el mejor haciendo tu trabajo, te crees bueno, muy bueno, pero luego te llega un recibo que no pagas, la pensión que debes pagar a tu exmujer, el niño que se ha gastado un dineral con el móvil. ¡Y así es imposible concentrarse! La gente solo te recordará si eres alguien malo; no, tampoco hace falta matar a nadie, basta con herirle en la pierna y al día siguiente serás un tío importante. “Mengano hiere en la pierna al director de una sucursal bancaria y a continuación pide un extracto de la cuenta”. ¡Vaya señorío, eso sí! O casarte con alguien con pedigrí, pero para eso hay que ser más ladrón que un ladrón, y por robar legalmente uno no va a la cárcel, solo sales en las fotografías de verano de las revistas, en vacaciones o cuando tienes el primer hijo.

La segunda enseñanza –esta la he desarrollado durante mi larga experiencia- es que si no acabas en la cárcel, no eres nadie. Entonces te temen, eres protagonista durante unos días –el juicio dichoso-, los periódicos te ven como un sanguinario –“mató al perro de su vecino porque ladraba a las tres de la mañana desde la piscina de la urbanización”, o un pederasta –“padre acusa a compañero de estudios de mirar con deseo a su hija”-, o un simple exhibicionista –“Se pone falda a rayas, patucos de bebé colgados al cuello y se pinta los labios para conmemorar ‘como Dios manda’ el 20-N ante el Valle de los caídos”-. Después de mucho tiempo, he llegado a la conclusión de que necesito una pistola, una nueva pistola –la verdad, ahora que me pongo sincero, no sé realmente si la anterior arma la perdí en el autobús o es que me timaron y me vendieron una de juguete-. No me pregunten qué voy a hacer con ella –no sé si ya me habréis tirado de la lengua-; pero, por si os queda curiosidad, solo os diré que una obra de arte. Sí, como Picasso, como un torero en día de canícula, como un escritor –cómo se llamaba este, hombre...-, como el arquitecto de El Escorial. Lo tengo calculado ya: la hora, el día, la frase que tengo que decir –me he hecho un pequeño guión al respecto, pero aún debo ensayar la voz-; con voz, a ser posible, de barítono. Nunca un golpe será tan sonado. Debo procurarme una pistola; señores, dos euros por este periódico; no les miento, no les digo que sea para comer, tengan piedad, yo también necesito un minuto de gloria, y si no salgo en la tele no valgo una mierda –mi madre, la pobre, estaba a punto de salir en un programa de bailes regionales que daban los sábados cuando de repente se fue la luz y suspendieron la programación durante una hora-. Señores, por dos euros, ¿van a permitir que una persona siga frustrada en este valle de lágrimas? Siempre he procurado llamar la atención, pero ni con esas. La última vez, cuando casi me atropella un autobús; no lo planeé, lo juro, soy egoísta pero no tonto. No se preocupen, no pienso ser famoso mucho tiempo. Es más, después de que haga lo que tengo pensado, estoy dispuesto a regalar -gratuitamente y a cambio de nada, para que no haya malentendidos- el arma utilizada en la fechoría. No me malinterpreten; insisto: sólo busco mi minuto de gloria, algo que debería estar reflejado en algún sitio, en la Constitución, por ejemplo. Debería ser un derecho universal y que figurara en la Carta de Derechos Humanos de la ONU, y en el oráculo de Delfos –lo importante no es aquel “conócete a ti mismo”, sino “que te conozcan los demás”-, y en los libros escolares sobre historia -¿se dan cuenta de que la mayoría de las acciones del hombre se han realizado para alcanzar notoriedad?-, y hasta en los yogures con fecha de caducidad. También estoy dispuesto a dar consejo, una vez consiga mi objetivo, a terceras personas que busquen algo parecido a lo que yo. Tengo en un cuaderno varias ideas -hace tiempo me puse unos calzoncillos musicales que yo mismo patenté; llamé a una radio por si buscaban una sintonía y me dijeron que no, que parecía música Techno-. El otro día leí que un ciudadano que paga sus impuestos regularmente tira una vez al mes –más bien lo hacía, ya no se lo permiten- huevos crudos de gallina contra los barrenderos, uno de los cuales en una ocasión llegó a propinarle tal paliza que salió en un programa de sucesos haciendo declaraciones. En cualquier caso, me parece una posición arriesgada y temeraria. Vamos, que no merece la pena arriesgar la vida hasta tal límite. Es mejor echarle imaginación al asunto. Coger una bacina y utilizarla de yelmo -don Quijote es uno de los primeros personajes cuyo fin primero era llamar la atención, ser visto por los demás como alguien que no era así, a modo de máscara que se sale de lo anodino-, obtener las mejores notas de la clase –pero cuidado, solo en caso de ser el mejor habrá un hueco, pequeño pero algo es algo, en los telediarios-, cruzar una gallina con un conejo, hacer el pino sobre la torre de una iglesia. La vida está hecha para aquellos que nacen campeones: de la inteligencia, de las carreras de 100 metros, del fútbol, de las mejores tortillas de patatas, de los ojos más bellos de la facultad, del culo más gordo de la comarca, del más miope o sordo. Y después de tantos excesos, ¿qué hacemos los que realmente no destacamos en nada fuera de lo común, los que intentamos ganarnos del pan de buena manera, a hurtadillas, sin tener un día un titular en los periódicos o un minuto en el informativo de las tres de la mañana? Esta vida es muy dura, créanme, y no teman, que no voy a matar a nadie con esta pistola, ni siquiera a un animalito, ni a una avecilla franciscana, que eso del pecado no es llamar la atención. La verdad es que tengo dinero, pero tengo que llamar la atención para comprar la pistola, y no se puede adquirir si no es por una buena causa. ¿Qué? ¿Parezco un inmigrante? No señora, que tengo mis papeles, pero los de aquí, limpios y todo; no tengo antecedentes ni por tirar una colilla en la acera –eso sí que es llamar la atención-. Ojalá lo fuera, y que no tuviera papeles, así al menos saldría en el vídeo de la Policía. También en el periódico, a cuatro columnas: “Redada entre los vendedores de prensa para pobres. La inmigración ilegal empieza a utilizar esta actividad para ‘llamar la atención’ –fíjense bien- sobre su situación precaria. El delegado del Gobierno asegura que esto es exhibicionismo y ordena la inmediata expatriación de treinta magrebíes”. Sí, señora, cómo no voy a tener sangre mora si usted también la tiene. ¿Cómo? ¿Que soy un exhibicionista? Esto me empieza a gustar. ¿Haría el favor de avisar en la comisaría de al lado? ¿No? ¿Cómo que no? ¿Que tiene prisa porque ha quedado en El Corte Inglés? Pues así vamos buenos. Esto me pasa por ser como soy, la maldita educación del hidalgo español. Sí, tengo una pistola con cuatro balas. Si disparo al cielo seguro que vienen… Me faltan treinta euros. A lo mejor me fían en la tienda de armas. También es una manera de llamar la atención, porque el encargado tiene muy malas pulgas y una vez dio una paliza a un cliente. Se me olvidaba un detalle: la semana pasada vendí la televisión y llamé de nuevo a la radio –por qué me habrá dado a mí la manía de utilizar este medio y, además, a altas horas de la madrugada- para decir que desde que lo hice soy una persona más culta. He mirado en Internet –también me he desenganchado, ayer, ganas de ir a la contra, de llamar la atención- y probé la nueva operación. E incluso he fundado una asociación antitelevisión-antiinternet. Pero ni por esas. Y he donado todo mi dinero a la mafia china, y he abandonado mi trabajo, y me he cambiado de nombre. Ya me lo dijo una vez mi madre: “Hijo, qué difícil es ser alguien cuando el mundo está lleno de excéntricos interesantes”. Digo yo, mamá, que todos tendrán pistola, por si acaso.

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