domingo, 15 de abril de 2012

Relato: 'El móvil'

El móvil seguía sonando. El coche había tomado la curva a gran velocidad y una balsa de agua, situada junto al arcén de la carretera, hizo que el conductor perdiera el control. El todoterreno había ido a parar, después de varias vueltas de campana, a un descampado a unas decenas de metros del asfalto. El móvil seguía sonando. Parecía un día normal. Las ruedas del vehículo miraban al cielo y seguían rodando mientras rozaban el aire. Un hilillo de líquido salía del depósito de combustible. Una mano de mujer yacía inerme en suave escorzo fuera de la ventanilla del conductor. 


Parecía un día normal. El campo tiene esas cosas: después de la pertinaz sequía de los últimos meses, algunos charcos de agua, fruto de las lluvias de la semana anterior, espejeaban a la luz del sol del mediodía. Bandadas de pájaros tomaban el camino hacia el norte; la primavera preludiaba temperaturas agradables y las aves recorrían el camino inverso, hacia climas más suaves. Así transcurría la vida, con la repetición de actos involuntarios. Las aves volaban para volver, unos meses después, a su punto de origen; los conductores aprovechaban el fin de semana para ir al campo y así huir de unos días infernales en la ciudad, trabajo, más trabajo, lejos de los sueños infantiles, lejos de uno mismo y de su rostro reflejado en un espejo. 
El móvil seguía sonando y emitiendo repetitivos sonidos de un nuevo mensaje. La mano que salía de la ventanilla parecía moverse, siquiera levemente, para volver a caer rendida por el cansancio de un golpe mortal. Bandadas de aves buscaban la inminente primavera en climas más suaves. Ningún coche pasaba por la carretera; el sol se ocultaba sucesivamente entre nubes fugaces, descosidas. Las ruedas habían dejado de girar. La mancha de combustible seguía creciendo y se acercaba a la parte delantera del vehículo. El día parecía apacible, en esa estación indefinible que preludia buenos presagios. El todoterreno, de repente, se incendió. La mano, ahora ligeramente oculta por las llamas, enseñaba sus falanges por la ventanilla. No pasaba ningún coche; el sol volvía a ocultarse entre dos costurones de nubes. El móvil sonaba y sonaba, a unos metros del vehículo incendiado, y alguien, muy lejos, seguía empeñado en dejar algún mensaje. Ningún coche pasaba por la carretera. El sol espejeaba en los charcos de las lluvias recientes. El campo brillaba en eterna amanecida. El móvil dejó de sonar. Quizás se había quedado sin batería. Como la vida. Como el día espléndido que también se repetiría mañana, y al otro, y al siguiente, y se consumía con la misma desolación con que el todoterreno quedaba reducido a cenizas. Aquella mano parecía, en su somnolencia precipitada, ciertamente bella. Las bandadas de pájaros ni siquiera se habían detenido. El móvil había dejado de sonar. A buen seguro le hubiera gustado ver un día tan espléndido como el de hoy. A lo lejos, se acercaba el ruido de un motor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario