miércoles, 15 de agosto de 2012

Fuente el Olmo de Íscar: pregón de las fiestas 2012


Uno intenta ser profeta en su tierra, que no es nada fácil. El 14 de agosto he tenido el honor de leer el pregón de las fiestas de mi pueblo, Fuente el Olmo de Íscar (Segovia). A continuación reproducto el discurso.



Queridos amigos:

No es mi intención hacer un discurso al uso, de esos que se remontan a la gloria lejana de la tierra patria o al esplendor castellano y sus cantores más ilustres. Verme aquí, en esta atalaya tan privilegiada, me recuerda aquella escena de Bienvenido Míster Marshall en la que José Isbert, alcalde de Villar del Río, decía: “Como alcalde vuestro que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar”.

No, no estoy aquí por ser el alcalde, sino porque la benemérita corporación municipal me ha pedido que os regale unas palabras. Tampoco voy a repartir albricias ni dineros contantes y sonantes, que para eso, digo yo, deberían estar los banqueros y algunos políticos. Mis palabras son humildes porque me humillo ante vosotros, porque soy uno de vosotros.

Todos estamos aquí porque tenemos algo en común. Por ejemplo, la belleza: ¿o no somos todos rematadamente guapos? Claro que sí.

No parecen tiempos propicios para la alegría, por eso tenemos que reivindicar con más ahínco lo que somos. Lo que fuimos. Lo que seremos.

Nos podrán recortar el bolsillo, pero nunca la alegría, las ganas de vivir, la fiesta eterna del estío durante estos días –y estas madrugadas- tan prolíficas en nuevos amores, en amanecidas súbitas y en complicidades que uno guarda en su memoria el resto de su vida.

Parafraseando al Buscón de Quevedo, “yo, señores, soy” de Fuente el Olmo de Íscar. Por mucho que uno no quiera o intente lo contrario, hay un trozo de nosotros que nunca nos podrán robar. Ni intervenir, claro. Porque, no nos engañemos, en esta época desposada con el pragmatismo, solemos reducir el mundo a la aridez de las cifras:
¿Sabéis cuántos ladrillos tiene la muralla china? ¿No? Pues bien, nada menos que 62.567.839.

¿Cuántas palabras tiene El Quijote?: la friolera de 377.032.

¿Cuántos kilómetros el Camino de Santiago? 760.

¿Sabéis cuántos recuerdos tengo de Fuente el Olmo de Íscar? Dos millones, trescientos cincuenta mil doscientos doce?

¿Que no me creen? Los he contado uno a uno. A veces, a pesar de mi mala memoria, soy capaz de rescatar, ese verbo maldito, los recuerdos más nimios, algo así como el protagonista de Funes el Memorioso, de Borges.

Pero el recuerdo no es algo ajeno a nosotros, sino que forma parte de nuestra manera de ver y entender el mundo. “El paisaje somos nosotros; el paisaje es nuestro espíritu”, decía Azorín en su libro Castilla.

Yo estoy convencido de que, en realidad, Fuente el Olmo de Íscar no existe. No, no me he vuelto loco. Fuente el Olmo somos cada uno de nosotros, no está aquí, sobre este suelo que pisamos. Es el paisanaje universal de almas y complicidades a las que la casualidad hizo unirse, sea cual sea nuestra condición, seamos vecinos residentes durante todo el año, habitantes ocasionales o visitantes primerizos.

El primer beso, el primer desengaño amoroso; los primeros amigos, las primeras travesuras; las primeras patadas a un balón, las primeras letras aprendidas en la escuela; las primeras sombras chinescas de dos cuerpos abrazados bajo las hirientes y amigas ‘taramujas’ de un pino y los primeros lemas dedicados a amigos incansables; las primeras cabañas levantadas en el arenal, las primeras peñas; las primeras resacas y los primeros, y últimos, recuerdos.

Y, claro, las primeras fiestas de Nuestra Señora de la Asunción, y el deseo de que lleguen las siguientes, a pesar de que uno tenga cada vez el cuerpo para menos sobresaltos en la madrugada, pero se intenta, vaya si se intenta.


Dentro de esos dos millones, trescientos cincuenta mil doscientos doce recuerdos, algunos me han visitado estos días. Todos han pugnado por hacerse un hueco en este humilde discurso.

Hay uno que ni siquiera recordaba que fuera un recuerdo:

¿Te acuerdas, me decía el primero, cuando en el antiguo frontón, en cuyo corazón aún latía el adobe, una pintada en su parte superior rezaba: “Prohibido la blasfemia, multa de cinco pesetas?”

¿O cuando trabajar un domingo también estaba prohibido, y hasta penado?

¿O cuando los muchachos de los durísimos años cuarenta jugaban al marro, un juego parecido al rescate, que muchos años después practicábamos los muchachos de los setenta y ochenta?

¿O cuando a la entrada del pueblo, desde la carretera de Coca, una vivienda, la pobrera, daba cobijo durante unos días a los mendigos que buscaban su sustento, en la desesperada caridad de un tiempo, aunque poco propicio a la solidaridad, descaradamente generoso?

¿Te acuerdas, me dice otro recuerdo que acaba de abrirse paso, de cuando la cuesta no tenía depósito de agua, y el tío Marico, el guarda del pueblo, atalayaba las extensiones de pinares alerta ante cualquier fuego?

¿Te acuerdas, sostiene otro, de las pegueras, de los sarros ardiendo junto al cementerio?

Sí, tenéis razón, muchos de vosotros estaréis pensando que no, no es posible que yo haya vivido eso, siendo tan joven y tan guapo como soy.

La verdad es que, de los dos millones y medio de recuerdos que alimento cada día, algunos deben de haberse escapado de vuestras cabecitas. Si no, no entiendo cómo puedo rememorar ahora mismo el momento en que Ángel, el hijo del tío secretario, abandonaba el pueblo para estudiar en la ciudad, el primer universitario conocido de Fuente el Olmo de Íscar, que años después ejercería como médico.

O a mi padre subido al caballo del abuelo Ricardo, de camino a las fiestas de Navas de Oro. O a muchos otros del pueblo con sus bicicletas rumbo a la función de Samboal, alojados en casa del tío Tarrero.

Un recuerdo me susurra al oído, y es la imagen súbita de las mujeres del pueblo que caminaban incansables hacia la fuente con aquellas carretillas que portaban dos pesados cántaros. Algunos mozos, durante el trayecto de esas jóvenes pizpiretas, aprovechaban para lanzar a las jóvenes algún requiebro, alguna mirada pícara, alguna palabra que, muchos años después, se convertiría en promesa de matrimonio. Aún la arboleda, donde se encontraba la fuente, puede dar fe de secretos amoríos ante el mudo testigo del agua quieta. Uno se imagina a aquellos jóvenes como a los amantes del cancionero tradicional, en el que el agua detenida y el rumor del chorro cayendo sobre la poza era la confidente de amores imposibles.

También, en las noches en las que la luz era poco menos que una entelequia, los candiles se aplicaban en afanosa espera con señales improvisadas bajo el estigma de un encuentro próximo entre dos amantes. Años después, bajo la misma penumbra del deseo, las retamas ocultarían lo innombrable, ante la sorpresa de espectadores atónicos que no dejaban de preguntarse si tales afanes y trabajos más duros que los de Ulises no eran una manera de descoser los cuerpos en un abrazo y de anidar en las almas la espera de la juventud y su eterno verano.

Mención aparte merecen el baile del Tío Usebio, o los titiriteros que de vez en cuando se acercaban su local. ¿Quién no se atrevía a echar un baile, al son del organillo del tío Usebio, con las mozas tan lindas del pueblo?

Valía seis pesetas al mes, una ganga comparada con las satisfacciones, los encuentros, los primeros amoríos, las primeras insinuaciones y, quién sabe, el primer beso arrancado a una memoria asociada al blanco y negro de una época difícil, pero al rutilante color de hombres y mujeres que lucharon por salir adelante, y para ello no regatearon ningún esfuerzo.

Otros recuerdos, ahora empiezo a entender que los vuestros, son más pícaros y juguetones. Me hablan de trastadas, de cánticos subidos de tono convertidos en auténticos himnos de la procacidad, de travesuras irredentas, algunas ciertamente cómicas. Una de las más sonadas tuvo lugar cuando los díscolos muchachos fuentelolmeros intentaron cegar la chimenea del tío Benito.

O más recientemente, durante una nevada, muchos de nosotros nos encargamos de introducir enormes bolas de nieve por las humeantes chimeneas.

Entonces, en otros tiempos, ir a Segovia semejaba un viaje intercontinental. El autobús daba una vuelta por toda la provincia, pasando por Cuéllar, hasta llegar a la capital, que no dejaba de ser un poblacho castellano con ínfulas de grandeza, donde los agricultores vendían las verduras de la cosecha a la puerta de su casa.

Otra alternativa era el tren, que se cogía en Coca, aunque la travesía no duraba menos de hora y media. Pero llegar a Coca suponía otra aventura, bien en burro o en bicicleta.

Fuente el Olmo, en el recuerdo, parece un lugar mítico, casi sobrenatural, que me traslada a la Comala de Juan Rulfo o al Macondo de García Márquez. Cierto que no había ningún Melquíades que trajera inventos inverosímiles, guerras interminables que socavaran la estirpe durante generaciones, sombras que vagaran encarceladas en la memoria de un tiempo extinto, ni alquimistas que convirtieran cualquier metal en oro; pero nuestros padres, nuestros abuelos y bisabuelos, incluso antes, forjaron dejándose la vida en sorprendentes madrugones e interminables jornadas de trabajo un futuro del que todos estamos agradecidos.


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Estamos en verano, el tiempo de la alegría. Podremos pasarlo mal, quedarnos sin trabajo, con el sueldo reducido, el coche de segunda mano y un corto en lugar de una clara; pero no nos podrán quitar la alegría, que es la cosa más seria del mundo.

Que no nos engañen con ilusiones, porque vivir, y defender la alegría, es una tarea en la que debemos emplearnos a fondo.

Hay que arriesgarse para ser feliz.

Quiero, por último pediros algo: que viváis intensamente cada momento para que seamos ricos en aquello que nos hace hombres: la capacidad de recordar, de reconocer a nuestros semejantes, ese paisaje agradecido, Fuente el Olmo de Íscar, que forma parte de nosotros.

Eso, no nos lo recortarán jamás.

Queridos paisanos, hasta siempre.

¡Viva Fuente Fuente el Olmo de Íscar! ¡Vivan las fiestas de Nuestra Señora de la Asunción!

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