lunes, 1 de octubre de 2012

Electropoema



Hace un mes, tres días y cinco horas 
que no escribo este mismo poema.
Hace un mes, tres días, cinco horas
que no aporreo el ordenador hurgando
entre los cables, los dientes torcidos
del teclado, la pantalla fosforescente
de una noche de insomnio.
Hace treinta y ocho años, cinco meses
y siete días que quiero ser poeta.
No es un dato anecdótico:
ser poeta debe ser lo mismo que embridar
un caballo por el camino recto del surco.
Imposible,
aún no lo sé.


Desde hace unos minutos,
es otro quien me mira a través
de las palabras,
es otro el que extrae una pepita de oro
de la sombra gris de la tristeza perdida;
es otro el que me dice que, hace mucho
tiempo, otra voz soñaba con domar el aire
del auriga y su veloz tesón;
con alcanzar, al menos,
la gloria de los argonautas.

Estoy sin cobertura. La batería del portátil
Llega a su fin.
Me quedan siete minutos de vida,
un seis por ciento misérrimo,
para acabar este poema.
Enchufaré mi vida al cable
de la corriente eléctrica.

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