domingo, 25 de noviembre de 2012

Día Internacional de la Palabra como Vínculo de la Humanidad

El pasado 23 de noviembre, tuve el honor de participar, junto al colectivo de Autores Locales de Valdemoro, al que pertenezco, en el Día Internacional de la Palabra como Vínculo de la Humanidad, en el que muchos escritores de la localidad y el mismo público asistente leyeron textos propios y ajenos que convirtieron el acto en un emotivo encuentro de letraheridos. A continuación reproduzco el pequeño discurso que pronuncié al inicio del evento.

La palabra, hoy, ahora, siempre: un acto revolucionario. Defender la palabra es defender la verdad, su totalidad preñada de verdad. Como decía Machado:

¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. 
La tuya, guárdatela. 

Defender la palabra es defender al hombre. Como defendía Blas de Otero, Pido la paz y la palabra. La comunión de los hombres, mirar a los ojos de nuestros semejantes, solo puede entenderse con una explicación: el calor de las palabras.

Defender la palabra es morder el hueso de la realidad y de la materia. Los antiguos, con Platón y Aristóteles a la cabeza, discutieron y hasta se dieron zurriagazos sobre si los nombres provenían de las cosas, o aquel era pura convención entre los hombres. El móvil de la poesía, en gran parte de la segunda mitad del siglo XX, ha pretendido seguir la máxima de Juan Ramón, en un verso ya conocido: ‘Intelijencia', dame el nombre exacto de las cosas. La palabra sustituyendo a la cosa, la palabra convirtiéndose en la misma realidad; los poetas transformados en un Dios creador.
En poesía, no sobra nada, hasta cada pausa tiene su sentido, como lo tienen las palabras. La poesía es la tensión última, que muchas veces se queda al borde de lo indecible. Ya lo decía otro grande, San Juan de la Cruz, cuando el esposo del Cántico espiritual, presa del éxtasis ante el encuentro místico con el esposo, sostenía que la experiencia era “un no sé qué quedan balbuciendo”.

La palabra también es silencio, saber callar a tiempo. Como sosteníaHemingway, “se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar”.

La palabra también es libertad. Don Quijote, en sus momentos de lucidez, la defiende con tesón. Se dirige a Sancho en estos términos:

—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

Y la palabra es libertad porque no solo nos hace hombres, sino porque no pertenece a nadie, es patrimonio de todos, como la amada lengua española que todos hablamos. Es aquí donde todos nosotros nos sentimos libres, ante una libreta, la pantalla de un ordenador, el folio en blanco que tiembla antes de ser emborronado.

La palabra, amigos, es nuestra patria, como decía Francisco Ayala. Palabra sobre Palabra, como llamó Ángel González su obra completa. Palabra como memoria, palabra como la llama incandescente del pasado. Palabra, muchas palabras. Nos leen las palabras, nos eligen, nos musitan historias que siempre nos han cautivado, ya sea acompañados de unos cabreros, hace cientos de años, al calor de una fogata, o bajo el silencio de un candil leyendo un libro hurtado a la prohibición, en esas historias en blanco y negro que nos relataban nuestros abuelos.

Por eso, ahora vais a tomar la palabra. Y cada sonido, cada fonema, tiene su propia magia, ese sonido oscuro que para Lorca emanaba de la verdadera poesía.

Amigos, que empiece la fiesta. Porque la palabra, sin ser escuchada, no es palabra. Miguel de Montaigne, el inventor del ensayo, aseguraba que la palabra “es mitad de quien la pronuncia, y mitad de quien la escucha”. O bien, en tiempos más recientes, Ortega y Gasset, que señalaba que “las palabras no lo son si no son dichas por alguien”.

Con tanta cita ensartada, permitidme una última. Me gusta mucho, me parece magnífica, porque retrata, para mí, uno de los objetivos principales: no ya solo comunicarnos, sino conocernos, compartir nuestras esencias. Así que, siguiendo a Séneca, “Háblame para que yo te conozca”.

Hablad, amigos, ahora. Que vuestras palabras sean un arma cargada de futuro, hoy, ayer y siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario