domingo, 26 de abril de 2015

'De la luz y otras ausencias'

Durante la presentación del poemario.
Este mes de febrero ha llegado a las librerías mi nuevo libro, el poemario De la luz y otras ausencias (Bohodón Ediciones). La presentación oficial fue el viernes, 17 de abril, en la Biblioteca Ana María Matute, arropado por dos poemas admirados y admirables, Remedios Nieto y José Manuel García. Remedios, Reme, trazó una disección del libro que, con su permiso, reproduzco aquí en este humilde blog.

Portada del libro.


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Cuando se presenta un libro, se sobreentiende que es para hablar bien de él y de su autor, para darle esa proyección, ese pequeño empuje que todo principio de algo necesita. Y de hecho, así sucede. Sin embargo, muy pocas veces nos encontramos con que se ofrece un argumento más o menos sintetizado que explique por qué es así, que dé cuenta de aquellos elementos que lo componen, y que son los entresijos capaces o no de darle forma, como son la técnica, la temática, la coherencia de esos elementos internos que lo componen… Amén de esos otros que pueden hacer de él un texto creíble y honesto.

Y es que la poesía es una forma de escritura en la que la significación se expande en cada detalle para dotar de sentido a todo lo mostrado. Como si fuera un arte de la elección, parece necesitar la conversión del fragmento en una unidad de composición.

Cuando el poeta Francisco Pino nos habla del minucioso trabajo de la creación poética, lo define en pocas palabras: “espacio de la manifestación”. Y así nos dice textualmente: “La poesía es una manifestación de existencia. Algo que brota y se expresa. Sin vida, sin verdad no existe, no se manifiesta. Aunque no siempre hay verdad sin dolor; un dolor cuyo rastro se sigue siempre. Poesía no es conseguir. Ahí está el alma de la poesía”.
El poemario que José Manuel y yo presentamos hoy, cumple sobradamente con lo expresado por Francisco Pino: “es una manifestación de existencia”. Hay algo en él que brota y se expresa. Hay vida y verdad. También dolor. Un dolor atenuado, pero dolor, al fin y al cabo, que es seguido como quien sigue un rastro, dejando abierto un espacio para que entre el alma en toda su extensión.

Cuando estoy ante un texto que me llega de nuevas y lo leo por primera vez, me gusta insistir en la mirada de quien lo ha escrito, en la capacidad de éste para establecer esa mirada.
Toda cultura se define por aquello que se considera real y, cada vez más, la mirada nos viene dada o gestionada de antemano. Sin embargo, mirar es percibir, descifrar, convertir las sombras y los colores en redes de significados. La realidad es también una construcción cultural, y sin embargo, nada nos evita el deseo de realidad o, lo que es lo mismo, el deseo de ser que cada individuo siente, y por más que los medios de comunicación intenten saciar a cada momento esta necesidad, evitan detener esa búsqueda.
 John Berger en su libro “Puerca tierra”, nos viene a decir: “La realidad no es algo dado: hay que buscarla continuamente, hay que agarrarla: casi me sentiría tentado a decir que hay que salvarla. Nos enseñan a oponer lo real a lo imaginario, como si lo primero estuviera siempre a mano, pero la coherencia de esos acontecimientos, que es lo que llamamos realidad, es una construcción de la imaginación”.
 A esto es a lo que quiero llegar a plantear. A que en todo texto poético, para mostrar una realidad, hay que hacerla aparecer construyéndola imaginativamente, pero sin abandonar esa coherencia de la que habla Berger: que lo real sea representado a través de la imaginación, a través de acontecimientos. Evidentemente, la coherencia en torno a la propia imaginación, la razón y la afectividad, implican un esfuerzo que parte de la mirada propia para conformar un pensamiento tanto poético como crítico.