en horas hurtadas al descanso,
buscar cifra exacta de tristeza,
amarga razón de felicidad?
Quieres ser hombre,
pero para eso te faltan palabras,
demasiadas palabras.
Y ni siquiera estos libros preludian
la sed y su ausencia,
el sol crepuscular en los cristales
apagados,
el retén de pronombres en llamas
que es algo más que una oración
de relativo.
Dentro de todas las cosas,
cuando ya no queda ni su nombre,
ni el recuerdo de su nombre,
apenas un quizás.
Por eso, solo por eso
llegan las estatuas en falupas
y Ulises es un encantador de adolescentes
que aún creen en el amor.
Suena el timbre y la página
-¡oh, maravilla!-
sigue en blanco.
El joven lee en aquel rincón
donde dan la vuelta
los vientos australes.
La vida es un paraíso,
pero los hombres se esfuerzan
en no comprenderlo.
Lo dijo Dostoievski.
Sus labios
–esquirla de luz derramada-
ya no son suyos.






